Quizá lo peor de todo no es la intromisión en sí misma, quizá lo peor de todo es que a causa de esa intromisión se confirmó un error, de ahí la reacción.
Y que ese error se haya hecho conocido por quien menos tenía que saberlo, para quien cometió el error significaba que quien realizó la intromisión, si se enteraba, jamás iba a querer olvidarlo ni perdonarlo, y la opinión que luego de esto se iba a formar, porque conoce de tal forma su modo de operar que la seguridad de tener ese conocimiento iba a ser fatal. Eh ahí un error: a veces “eso” es tan grande, que jamás, por muy doloroso que fuera un error pondría en su razón calificativos tan despectivos como poco ciertos, porque por una equivocación no marca una conducta.
Quizá lo peor de todo no es la intromisión en si misma, no es la estupidez provocada por un extraño actuar, quizá lo peor de todo es que quien sufrió la intromisión actuó de tal forma, que por sentirse víctima de una ofensa despreciable expresó su ira de una forma tal que quizá eso sea lo más difícil de olvidar, porque el error se puede perdonar, porque es necesario para poder tener sanidad, para volver a tener paz, pero lo que es más difícil es escuchar o leer de quien menos creías que era posible tal nivel de desprecio, de asco, tal nivel de no ver que acá no fue un sólo error el que se cometió, sino que fueron dos.
Dos tristes errores, que no se olvidarán jamás, pero que si se pueden llegar a perdonar ¿Cuándo? Frase repetida y trillada: “Sólo el tiempo, si es que corresponde, lo dirá”.
Hay personas que hasta el día de su muerte se atormentan por algo que jamás quisieron sanar, otras porque no las dejaron y les negaron el perdón por eso que algunos llaman orgullo.